Me asombra escuchar en boca de personas cultas –no siempre sinónimo de sabias-, que mantienen una cierta credibilidad en aquellos escritores y/o cantores, con sus respectivos femeninos, que advierten temas contemporáneos aunque sus escritos hayan nacido muchísimo tiempo atrás.
“La fe ante todo”, dicen los desamparados de la vida, buscando y buscando hasta el hartazgo sin poder encontrar, por sus propios medios, una sola gota de agua fresca que rehabilitara el motor biológico de su existencia.
El hombre necesita creer, algo en donde pueda depositar lo último que le queda de certidumbre, antes de la postrimería. Es por esa desesperación, quizá, que cada uno de nosotros atolondradamente nos zambullimos en esa gran pileta de confianza que está totalmente vacía y después, como otras tantas veces, nos lamentamos y dejamos matar el tiempo hasta la próxima oportunidad.
El pueblo -aunque hay muchos que aborrecen ese término-, no supo defender jamás sus derechos, no aceptó encerrar a los culpables, pero sí echar a los que pensaban como pueblo. Será por eso que no considero visionario a un Enrique Santos Discépolo, con su conocido “Cambalache” o al reconocido Nostradamus con sus teorías ambiguas e interpretativas, porque alcanza y sobra con estudiar la historia y sus actos fallidos para darnos cuenta que el hombre no muta, reposa siempre en sus miserias y anacronías.
El hombre cíclico es el que tiene el manejo de la historia, del presente, pero sobretodo del futuro; cómo no imaginarnos qué sucederá en los próximos años, si el columpio histórico se encarga en señalarlo, pese a nuestra ignorancia, damos vuelta la cara y dejamos que ocurra lo que nadie quería, pero lo que la barbarie deseaba.
Parece que el nuevo año nunca comienza después de 365 días, porque nos encargamos que sea exactamente igual a los millones de ciclos que anticiparon nuestra vida y un sinnúmero de jornadas que pasarán cuando esta acabe. Estupidez, ignorancia, tosquedad? Me animaría a decir que nada de eso, sino que la unión de los que quieren que todo siga igual es mas fuerte que nuestras pequeñas aspiraciones sin rumbo, sin equipo y anhelos de superarnos.
Los que quieren mantener el mecanismo arcaico e inhumano, entienden que la única manera de hacerlo es creando divisiones donde no las hay... continentes, países, provincias, partidos, ciudades, barrios, localidades, Boca, River, judío, católico, evangelista; son marcas geográficamente políticas e innecesarias, absurdas como el negro, el blanco y el amarillo, pero efectivas para no permitir que avancemos.
“La fe ante todo”, dicen los desamparados de la vida, buscando y buscando hasta el hartazgo sin poder encontrar, por sus propios medios, una sola gota de agua fresca que rehabilitara el motor biológico de su existencia.
El hombre necesita creer, algo en donde pueda depositar lo último que le queda de certidumbre, antes de la postrimería. Es por esa desesperación, quizá, que cada uno de nosotros atolondradamente nos zambullimos en esa gran pileta de confianza que está totalmente vacía y después, como otras tantas veces, nos lamentamos y dejamos matar el tiempo hasta la próxima oportunidad.
El pueblo -aunque hay muchos que aborrecen ese término-, no supo defender jamás sus derechos, no aceptó encerrar a los culpables, pero sí echar a los que pensaban como pueblo. Será por eso que no considero visionario a un Enrique Santos Discépolo, con su conocido “Cambalache” o al reconocido Nostradamus con sus teorías ambiguas e interpretativas, porque alcanza y sobra con estudiar la historia y sus actos fallidos para darnos cuenta que el hombre no muta, reposa siempre en sus miserias y anacronías.
El hombre cíclico es el que tiene el manejo de la historia, del presente, pero sobretodo del futuro; cómo no imaginarnos qué sucederá en los próximos años, si el columpio histórico se encarga en señalarlo, pese a nuestra ignorancia, damos vuelta la cara y dejamos que ocurra lo que nadie quería, pero lo que la barbarie deseaba.
Parece que el nuevo año nunca comienza después de 365 días, porque nos encargamos que sea exactamente igual a los millones de ciclos que anticiparon nuestra vida y un sinnúmero de jornadas que pasarán cuando esta acabe. Estupidez, ignorancia, tosquedad? Me animaría a decir que nada de eso, sino que la unión de los que quieren que todo siga igual es mas fuerte que nuestras pequeñas aspiraciones sin rumbo, sin equipo y anhelos de superarnos.
Los que quieren mantener el mecanismo arcaico e inhumano, entienden que la única manera de hacerlo es creando divisiones donde no las hay... continentes, países, provincias, partidos, ciudades, barrios, localidades, Boca, River, judío, católico, evangelista; son marcas geográficamente políticas e innecesarias, absurdas como el negro, el blanco y el amarillo, pero efectivas para no permitir que avancemos.
Martín Suárez.

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